Las mujeres que siempre apagan la luz para hacer el amor, no siempre la apagan por sentirse inseguras sobre sus kilos extras, la celulitis de sus piernas o las estrías de su cadera. Las mujeres que siempre apagan la luz para coger lo hacen porque no quieren ver con quién están, saben que lo único que las hará culminar será imaginar que están con ese amor que no han olvidado, o que están con george clooney, johnny depp o nicholas hoult, dependiendo de su generación y de sus gustos. No son las menos las que apagan la luz para evitar verle la cara de orgasmo a su pareja, esa expresión indefensa, de debilidad, major turn off para las que en lugar de querer hacerlas de mamá quieren un papá. Se sabe que ese gesto ha sido causa de divorcio más de una vez.
Eso, ustedes, machos, no lo sabían hasta ahora.
Ella es una de las otras, de las que nunca apagan la luz. Se sabe con defectos y no le importa, desnuda se siente hermosa. Él lo sabe, no lo entiende, pero no entiende la mayoría de lo que ella piensa o siente, tampoco entiende su piel morena transparente. A media luz motelera, cortinas cerradas, luz del baño prendida, ambos están descansando sobre la cama de colchón ortopédico, nueva exigencia de la Asociación Mexicana de Hoteles y Moteles para garantizar un mejor descanso, o en este caso, una cómoda cogida. Él la observa, ella está recapitulando el ultimo episodio, se imagina que si en un ataque de celos él la mata en ese mismo instante, nadie se enteraría o peor aún, si él en venganza se largara dejándola ahí, sola, no sabría como regresar a casa.
Él físico-matemático-astrólogo-cazador en vidas pasadas y ahora poeta de closet, malabarista de palabras de tiempo completo para ganarse la vida, comprar la despensa, pagar los moteles y los condones, sobre todo los condones. A Ella, la de piel morena y transparente, se le ven las venas y los nervios, así a media luz desde la muñeca derecha subiendo por su brazo, antebrazo, trepando por su hombro de ahí hacia el cuello o a atravesarle el pecho, recorriendo los senos escondiéndose detrás de las aureolas que no son ni tan oscuras ni tan claras, ni tan chicas ni tan grandes, como toda ella ni tan ruda ni tan dulce, ni tan lista ni tan tonta, ni tan madre ni tan puta.
Él adivina el recorrido de las venas cuando ya no puede verlas, se imagina que atraviesan las costillas, llegando al corazón, carreteras verdes, caminos recorridos antes, por él mismo, por otros y por otras. Él piensa que si le quisiera hacer daño, partirle la aorta en dos sería tan fácil que se sentiría desmotivado y terminaría proponiéndole matrimonio.
Ella no quiere tener hijos pero cree que si quisiera tenerlos podría tenerlos con él. Ella no sabe que la próxima vez el condón se va a romper.
Ambos habían escuchado que hay que tener cuidado con lo que se desea, pero a ninguno de los dos les dijeron que también se corre peligro con lo que se piensa.
Él le quiso hacer daño y le pidió fuera su esposa, ella no quería tener hijos y el hijo que tuvo fue de él, de un condón roto en una tarde de motel.
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