Los de piel tostada, los latinos, los inmigrantes, tanto los legales como los ilegales, los bajitos, los que se fueron a encontrar la chamba que no encontraron en su casa, a los que el acento gringo no les sale tan bien, los que no cargan con tres tarjetas de crédito en la cartera, los de este lado del río, todos esos y nosotros somos los nuevos Judíos de la vieja Alemania nazi.
Acabo de ver un video del homicidio de uno de nosotros, Anastasio Hernández Rojas, te pongo el nombre para que no se quede en una estadística, que se convierta en un hombre. La imagen no era clara pero el audio no podía ser más nítido. Se escuchaba perfecto el grito de auxilio, el 'no' de dolor, no lo vi por morbo, lo vi para tener pesadillas para nunca olvidarlo, inmortalizarlo. Se me hizo un nudo en la garganta, un vacío en el estómago, el corazón se me encogió.
Me compadezco más que del paisano y su familia, por los homicidas. El casquillo de sus botas está manchado con sangre, con esas mismas botas llegaron a sus casas, besaron a sus esposas, revisaron la tarea de sus hijos. Yo vi el video, pero ellos lo mataron, estuvieron ahí en primera fila, participando. Tal vez creían que por no tener pasaporte su vida valía menos, tal vez se sintieron amenazados por el amor que le tenía a su familia, tanto amor que dejó su tierra para darles una mejor vida. El caso es que hoy Anastasio está muerto, sus hijos huérfanos y los asesinos vivirán su infierno.
Sin odio para no convertirnos en ellos, con compasión porque les tocará vivir un infierno.
Sólo he tenido dos tíos favoritos, uno está muerto y el otro está de mojado. Te mando un beso a la distancia, aquí todos estamos bien, tío.
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