Tengo memoria de sentir pena, en el sentido mexicano, desde los tres años. He hablado con algunas personas, otros adultos jóvenes quienes me aseguran con toda la autoridad que su barba de PapáDios les da que ellos no entendieron el concepto pena, en el sentido mexicano, hasta los doce o trece años cuando se les paraba y no podían controlarlo o cuando se dieron cuenta de que las chicas, o los chicos, les empezaban a atraer de formas que no conocían.
Yo sentí pena el día que mi papá se rió de mí.
Se burló. Con todo el amor que me tenía, mostró sus dientes, le podía ver hasta la endodoncia, soltó una carcajada que me rompió el corazón, las axilas me picaron y transpiré, se me calentó la cabeza, los labios se me arquearon y una fuerza que me superaba hizo que bajara la cabeza e intentara esconderla entre mis hombros. Yo no lo odié. Sentí vergüenza, mucha vergüenza.
La misma vergüenza que, muchos años después, él sintió la primera vez que se orinó en los pantalones y yo me reí, como quien sabe que al final ha triunfado.
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