la semana pasada me invitó a verlo jugar.
Hace un año, antes de que figurara en su vida como cualquier otra cosa que no fuera una amiga ocasional o una conocida de fiestas había intentado ir a verlo jugar. Siempre me platicaba/platica con tanto detalle de lo feliz que era/es en la cancha que empecé a imaginar la escena, le pregunté dónde exactamente jugaba. No me quiso decir. Dijo que no dejaba que lo vieran jugar. Insistí más que un poco. No me quiso decir, creo que fue la primera vez que me molesté con él. Agredía mi ego con la incógnita.
Dicen que más pronto cae un hablador que un cojo.
La semana pasada me invitó, estuve imaginando la escena, lo que me iba a poner, las caras que seguro haría, pensaba si me voltearía a ver -seguro que no lo haría-, imaginé hasta el soundtrack que llevaría y me saboree el beso que le daría después del juego. Así todo sudado, no me importa, yo lo quiero. Conté los goles, marcador a favor, porque quería presumirme, y seguro que ese es el código macho. Equipo que lleve hembra, equipo que debe ganar. Entre los hombres son así, se ayudan unos a otros. Beso sabor victoria, y no a la cerveza, beso sabor sudor junto con victoria.
Me lo he imaginado tanto que ya no estoy segura si la semana pasada se canceló o si sí estuve ahí con mi vestido lindo, reprimiendo los aplausos y los gritos que me había pedido que reprimiera. De cualquier forma este martes me invitó de nuevo, y yo no sé qué ponerme... no quiero repetir vestido.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario